Hay despachos que funcionan razonablemente bien. Tienen clientes, resuelven con solvencia, el trabajo sale y el equipo responde. Desde fuera no parece haber un problema claro. No hay desorden visible ni una crisis evidente. Y, sin embargo, algo no termina de encajar. Las prioridades cambian con frecuencia. Delegar cuesta más de lo esperado. Las decisiones se acumulan en determinados momentos. Aparecen urgencias que no estaban previstas. Y, aunque el despacho trabaja mucho, la